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La inmigración: Una cuestión humana y moral

19 de septiembre de 2022

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de septiembre 2022 de La Voz Católica.

El Día del Trabajo debería marcar más que el final “oficial” del verano. Este día festivo rinde homenaje a los trabajadores que crearon la riqueza y la fuerza de nuestra nación. Al mismo tiempo, al honrar al hombre y la mujer que trabajan, y al recordar las contribuciones del movimiento laboral en nuestra sociedad, reconocemos la dignidad y el valor inherentes del trabajo humano. El trabajo nos permite participar en la obra de creación de Dios y nos brinda los medios para mantener a nuestras familias y contribuir al bien común de todos.

Este Día del Trabajo nos encuentra como una nación que lucha con el tema difícil e importante de la inmigración. Los inmigrantes, ya sea que lleguen a través de canales legales oficiales o no, vienen en busca de trabajo y una vida mejor para sus familias. Y ya sea que vengan como trabajadores calificados o no calificados, trabajadores agrícolas o para unirse a familiares que ya trabajan aquí, vienen, en parte, porque los empleadores estadounidenses necesitan su mano de obra. Desde la “Gran Renuncia” durante el COVID, nuestra economía está clamando por más trabajadores.

Nuestro quebrado sistema de inmigración es un problema; pero los inmigrantes en sí mismos no son “problemas”. Los inmigrantes han sido buenos para Estados Unidos, y Estados Unidos ha sido bueno para ellos. La agricultura depende en gran medida de ellos para cosechar nuestros cultivos. Nuestra industria cárnica y avícola, que ofrece algunas de las ocupaciones peor pagadas y de mayor riesgo en los EE. UU., tiene una fuerza laboral que es casi en su mitad de inmigrantes. Nuestra industria hotelera, sin mencionar nuestro sector de atención médica en constante crecimiento, depende en gran medida de trabajadores nacidos en el extranjero. Sin la mano de obra de los inmigrantes, nuestra economía tendría brechas mayores.

Si bien las personas razonables pueden estar en desacuerdo sobre cómo debe responder nuestra nación, cualquier respuesta efectiva exige que reconozcamos que la inmigración es más que un problema de «seguridad fronteriza», sino que se trata esencialmente de nuestros mercados laborales y los hombres y mujeres que ocupan los trabajos que siguen haciendo fuerte a Estados Unidos.

La inmigración no es sólo una cuestión política, sino una cuestión humana y moral fundamental. Porque los trabajadores inmigrantes no son números sin rostro, sino personas humanas. Son nuestros hermanos y hermanas; son nuestros vecinos y compañeros de trabajo. La justicia y la prudencia exigen que los tratemos con dignidad y encontremos la forma razonable de que sus aportes y presencia sean reconocidos dentro de la ley.

El Congreso ha sido reacio a abordar este tema. Demasiados en ambos lados del pasillo se han contentado con usar la inmigración como un tema clave para atraer a sus bases. Sin embargo, ya existe en nuestra ley de inmigración una disposición llamada «registro», vigente desde 1929. El registro permite que las personas que llegan antes de una determinada fecha obtengan el estatus y eventualmente la ciudadanía. En 1929, la fecha de entrada para el registro era 1921. Si los inmigrantes tuviesen buen carácter moral y residieran en el país desde 1921, podrían solicitar el estatus permanente.

Este programa reconoció los lazos equitativos desarrollados en los Estados Unidos durante un largo período de residencia. Ha permitido que muchos que han sido dueños de casas, hayan iniciado negocios y hayan tenido hijos nacidos en Estados Unidos, permanezcan. El Congreso adelantó por última vez la fecha de corte del registro en 1986, cuando adelantó la fecha al 1º de enero de 1972. Para usar el programa de registro hoy, un inmigrante tendría que haber vivido en los Estados Unidos por más de 50 años. Al cambiar esta fecha al 1º de enero de 2012, el Congreso podría legalizar a gran parte de la población indocumentada. Un intento reciente de incluir el adelanto de la fecha de registro en un proyecto de ley de asignaciones, fue rechazado por las normas de procedimiento del Congreso. Sin embargo, el Congreso no debe renunciar a fijar una fecha más razonable para el registro.

Muchos de los inmigrantes que ingresaron al país en los últimos meses han sido liberados por las autoridades estadounidenses para buscar asilo u otras soluciones. Sin embargo, debido a los enormes retrasos, tomaría años, si no décadas, para que se aceptaran sus reclamos. Si el Congreso permitiera que la fecha de registro avance automáticamente hacia el futuro, estos retrasos podrían eliminarse, lo que daría como resultado una concesión de asilo más oportuna y eficiente.

Mientras tanto, debido a la gran cantidad de casos atrasados, la Administración debe otorgar permisos de trabajo, renovables periódicamente, a aquellos a quienes se les permite presentar sus reclamos en los Estados Unidos, como solía ser la práctica. Esto les otorgaría la dignidad de trabajar legalmente, y al mismo tiempo abordaría la crítica escasez de mano de obra que nuestro país está experimentando hoy.

Como hijo de un inmigrante de Polonia que, como sacerdote, ha trabajado la mayor parte de su vida con inmigrantes de Haití y otros lugares, he compartido las luchas y los sueños diarios de quienes vienen a esta tierra en busca de libertad y oportunidades. He sido testigo de su resolución de dar a sus hijos una vida mejor. Y por eso estoy convencido de que Estados Unidos, fundado en los ideales de libertad y justicia para todos, puede y debe encontrar caminos razonables y responsables para acogerlos. Al ayudar a las personas sin estatus legal a salir de las sombras y contribuir más plenamente a nuestras comunidades, podemos, al mismo tiempo, fortalecer la seguridad de nuestra nación y la vitalidad de nuestra sociedad.

El debate sobre inmigración este Día del Trabajo nos desafía a considerar nuevamente quiénes somos como nación, cómo nuestra economía trata a todos los trabajadores y cómo damos la bienvenida a los «extraños» entre nosotros.