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La Pascua demuestra que ningún sepulcro puede retenernos para siempre

22 de marzo de 2024

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de marzo 2024 de La Voz Católica.

“Somos el pueblo de la Pascua, y Aleluya es nuestro canto”, predicaba San Agustín de Hipona en los tiempos inciertos que vivió. Y añadió: “Cantemos aquí y ahora en esta vida, aunque estemos oprimidos por diversas preocupaciones, para que podamos cantarlo un día en el mundo venidero, cuando seamos libres de toda ansiedad”.

Como San Agustín, que vivió en la época de la disolución del Imperio Romano, nosotros también vivimos en tiempos de incertidumbre. La actual guerra de desgaste en Ucrania y la violencia del conflicto entre Israel y Hamas causan gran ansiedad, al igual que las situaciones más cercanas a casa. A menudo le recuerdo a la gente que aquí, en Miami, estamos rodeados de “islas” de dolor: Haití, Cuba, Venezuela y Nicaragua. Casi todas las personas en el Sur de La Florida tienen una conexión personal con alguien en uno o más de esos países.

Como cristianos que todavía vivimos en el mundo, experimentamos todo tipo de pruebas y tribulaciones. La realidad de la cruz siempre estará presente en el mundo, y en nuestra propia vida. Pero no olvidemos que no hay gloria sin cruz, ni victoria sin sacrificios.

Los sufrimientos de Cristo no nos eximen de sufrir nosotros mismos; pero sus sufrimientos, vistos a la luz de su Resurrección, dan sentido y esperanza a los nuestros. Por eso, ni siquiera el sufrimiento nos quita la alegría por la promesa futura de nuestra propia resurrección.

Por eso debemos alegrarnos y celebrar que, con la Pascua, la muerte ha sido vencida y ningún sepulcro podrá retenernos para siempre; ni la tumba de la desesperación, ni la del desaliento, ni la de la falta de fe, ni la de la depresión. Aprendamos del apóstol Pedro que, confiando en el amor de Jesús, y a pesar de haberlo negado, supo correr hacia el sepulcro vacío y nunca más pudo silenciar la Verdad, ni dejar de anunciarla hasta el fin.

Jesús no es sólo un personaje de un pasado lejano. No se le recuerda de la misma manera que se recuerda a los grandes hombres y héroes que vivieron hace mucho tiempo. Podríamos hablar de ellos y de sus actos. Pero no podemos hablar con ellos ni hacernos amigos de ellos. Jesús, sin embargo, es el mismo ayer, hoy y siempre. Él vive.

Habiendo roto las cadenas de la muerte, Él camina ante nosotros como alguien que está vivo y nos llama a seguirlo a Él, al que vive, y a entablar una relación de amistad con Él. De esta manera descubrimos el camino de la vida, una vida que siempre es nueva porque nunca morirá. Cristo, al resucitar de entre los muertos, salva todo lo verdaderamente humano y, con el don de su Espíritu, nos permite vivir ya no para nosotros mismos, sino para Él.

Para los católicos, la Pascua es nuestro regreso cada año a nuestro propio bautismo… nuestro propio “paso” o “Pascha” hacia una nueva vida en Cristo. La Cuaresma fue un llamado a una renovada conversión de la mente y del corazón: un regreso al Señor porque, aunque hemos sido bautizados, lo que constantemente perdemos y traicionamos es precisamente lo que recibimos en el bautismo. Y así, en Pascua, se nos recuerda que fuimos creados para la vida: vida eterna que trasciende los límites de este mundo y supera incluso la limitación de la muerte. Nuestro bautismo es hoy un testimonio radical en medio de un mundo que niega que el hombre haya sido creado para otra cosa que no sea la muerte.

La fe en la pasión, muerte y resurrección de Jesús nos da la fuerza interior para ejercer nuestro compromiso bautismal de vivir, de diferentes maneras, vidas de servicio y significado.

Porque, en el don de la Pascua, se encuentran las exigencias de la Pascua: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba”, nos dice San Pablo. Toda la vida de Jesús estuvo moldeada por su obediencia a su Padre. Para nosotros, vivir en Cristo significa que nunca permitiremos que las cosas de este mundo nos distraigan del verdadero propósito y meta de nuestra existencia.

Debemos buscar hacer la voluntad de Dios en todas las cosas, incluso en las cosas aparentemente más mundanas. Pero hacer la voluntad de Dios y seguir los mandamientos no nos priva del gozo, sino que es lo que hace posible el verdadero gozo. Sí: a pesar de las penas y el dolor que experimentamos en este “valle de lágrimas”, Aleluya es nuestro canto.