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En esta Cuaresma, oremos para que podamos creer

18 de marzo de 2022

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de marzo 2022 de La Voz Católica

Una historia del subcontinente indio habla de seis ciegos y un elefante. Dice más o menos así: Érase una vez, en un pueblo donde vivían estos seis ciegos, que ellos escucharon que alguien había traído un elefante al pueblo. Los ciegos no podían ir y «verlo», pero pensaron que también podrían ir y «tocarlo» para aprender qué era un elefante. El primer ciego palpó la pata del elefante y determinó que un elefante era más o menos como un pilar; el segundo ciego tocó la cola del elefante y declaró que un elefante era simplemente como una cuerda; el tercero agarró la trompa del elefante y dijo que el elefante se parecía mucho a la rama de un árbol; el cuarto sostenía una oreja y la calificaba como un abanico. El quinto ciego se apoyó contra el costado del elefante y pensó que el elefante era una pared; y el sexto puso sus manos alrededor del colmillo del elefante, y se fue diciendo que un elefante era como una pipa.

Por supuesto, cuando compartieron sus observaciones entre ellos, hubo muchas discusiones. Cada uno de los ciegos tenía parte de razón; pero todos estaban equivocados.

Como esos ciegos, a veces pensamos que sabemos algo pero todavía estamos en la oscuridad, porque no consideramos otra perspectiva que no sea la nuestra.

Pero no tenemos que ser ciegos para tener “puntos ciegos”. Es posible que podamos ver lo que dice el Evangelio sobre una cosa, pero estamos ciegos a otras cosas. ¿Cuántos de nosotros estamos ciegos ante la pobreza y el dolor de nuestro prójimo? Y la cultura contemporánea de hoy aparentemente está «iluminada» sobre muchas cosas: vemos lo incorrecto del racismo, del sexismo, pero estamos ciegos ante la matanza de los no nacidos.

Durante este tiempo de Cuaresma, a través de la oración, el ayuno y la limosna, estamos llamados nuevamente a la conversión de la mente y el corazón. La Cuaresma es una invitación a abordar esos puntos ciegos de nuestra vida en los que aún se oscurece toda la belleza del Evangelio y de nuestra vida en Cristo. También es un llamado al “Éxodo”. Como los antiguos hebreos fueron llamados a salir de Egipto para pasar a la Tierra Prometida, la Cuaresma es una llamada a salir de nosotros mismos, a dejar atrás la ilusión de la autosuficiencia para poder abrirnos —con confiado abandono— al misericordioso abrazo de nuestro Padre amoroso y misericordioso. Al mismo tiempo, la Cuaresma es un llamado a salir al encuentro de los demás en su necesidad para que nosotros, habiendo experimentado la misericordia de Dios, aprendamos a ser misericordiosos nosotros mismos

Hay un dicho: “Ver para creer”. Pero como vemos en los Evangelios, muchas personas vieron los milagros de Jesús. Aunque «vieron», no creyeron. Los fariseos, por ejemplo, permanecieron espiritualmente ciegos a la realidad de quién era Jesús. Pero el Evangelio nos enseña que creer es ver. En otras palabras, la luz de la fe puede disipar esos “puntos ciegos” que nos impiden hacer nuestro “éxodo” de la muerte a la vida, de la ceguera a la vista, de la esclavitud a la libertad.

La Madre Teresa, la santa de Calcuta, decía: “Si oramos, creeremos; si creemos, amaremos; si amamos, serviremos”.

Durante esta Cuaresma, oremos, pues, para ser capaces de creer y de ver a Cristo más claramente, amarlo más entrañablemente, y seguirlo más de cerca.