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Demos gracias con corazones agradecidos

17 de noviembre de 2021

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de noviembre de 2021 de La Voz Católica.

El año pasado, por precauciones debidas a la pandemia, muchos de nosotros nos vimos obligados a renunciar a la gran reunión habitual de familiares y amigos para la fiesta de Acción de Gracias. (Esto puede haber sido una bendición disfrazada, dadas las crudas emociones que siguieron a las elecciones de noviembre pasado.) Este año tal vez nos veamos viajando de nuevo y reuniéndonos una vez más con un gran grupo de familiares y amigos, para comer el pavo con todas sus guarniciones.

Esta festividad, como aprenden los niños en la escuela, tiene su origen en aquellos peregrinos protestantes que emigraron de Inglaterra a principios del siglo XVII, y desembarcaron en Plymouth Rock en busca de libertad religiosa en un Nuevo Mundo. Habiendo sobrevivido a un año difícil, decidieron dar las gracias con una comida compartida con algunos de los habitantes originales de lo que hoy conocemos como Massachusetts. Ese Día de Acción de Gracias es el tema de muchas obras de teatro escolares, con niños disfrazados de peregrinos o indios.

Pero hubo otro Día de Acción de Gracias celebrado incluso antes de que los Peregrinos desembarcaran en Plymouth Rock. Y aunque no quiero descartar la importancia de los orígenes de esta festividad muy estadounidense, los católicos hacemos bien en recordar que la primera celebración del Día de Acción de Gracias en lo que ahora es Estados Unidos, tuvo lugar cerca de San Agustín, Florida. No en 1621, sino en 1565, el 8 de septiembre, cuando el explorador español Pedro Menéndez de Avilés y sus compañeros asistieron a una Misa seguida de una comida con los nativos. Esa Misa y esa comida de Acción de Gracias fue el primer acto comunitario de religión y acción de gracias en el primer asentamiento europeo permanente en América del Norte.

No muchos católicos pueden afirmar que nuestros antepasados vinieron en el Mayflower. Los peregrinos eran congregacionalistas de Inglaterra. Sin embargo, hay bastantes católicos aquí en el Sur de La Florida que posiblemente podrían afirmar que algunos de sus lejanos antepasados llegaron con el español Pedro Menéndez de Avilés a San Agustín, en 1565.

Pero lo importante hoy no es quiénes fueron los primeros en tener la idea de celebrar el Día de Acción de Gracias o dónde se celebró por primera vez. Lo importante es que lo celebremos, y que lo hagamos con corazones agradecidos. La acción de gracias, y la posibilidad de estar agradecidos, llega cuando reconocemos que todo lo que tenemos, todo lo que somos, lo hemos recibido gratuitamente de los demás y, en última instancia, de Dios mismo. Las muchas bendiciones que hemos recibido no deben verse como un derecho, sino como un regalo de Dios. Y lo que hemos recibido gratuitamente deberíamos compartirlo libremente con los demás.

En el Día de Acción de Gracias, la mayoría de nosotros nos sentaremos a un suntuoso banquete preparado con la gran abundancia de la agricultura estadounidense. Agradezcamos a los agricultores, a los camioneros y a los tenderos que lo hacen posible. Y estemos especialmente agradecidos a los más de dos millones de trabajadores agrícolas, la mayoría de los cuales llevan apellidos hispanos, como la mayoría de los católicos de esta Arquidiócesis. Recogen frutas y verduras en La Florida y California; cosechan manzanas en el noroeste del Pacífico y partes de Nueva Inglaterra, y melocotones y tabaco en los estados del sur; y trabajan en granjas avícolas, lecheras o ganaderas en el Medio Oeste y partes del Sudoeste y el Sur profundo. La mitad de ellos son indocumentados y todos trabajan largas horas en las ocupaciones más peligrosas, expuestos a pesticidas y a elementos y maquinarias implacables. Y durante la pandemia estuvieron entre los “trabajadores esenciales” que nos ayudaron a superar estos últimos meses.

Al darle gracias a Dios por las libertades y oportunidades que disfrutamos en este país, un país que a menudo ha sido descrito como “una nación con el alma de una iglesia”, oramos para que seamos una nación más justa y fraterna, una nación donde la vida humana esté protegida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, una nación donde el matrimonio se promueva una vez más como la unión entre un hombre y una mujer, una nación donde se honre a la familia y la dignidad de los pobres, e incluso la de los indocumentados, sea respetada.

Nosotros, los católicos, hacemos bien en recordar que «Eucaristía» significa «acción de gracias». La Misa es la “cena de Acción de Gracias” perfecta, porque estamos unidos con Cristo en su regalo sacrificial de Sí mismo. Es ese don de Jesús al Padre, compartido con nosotros en la comunión de Su Cuerpo y Su Sangre, lo que hace posible nuestra reconciliación con Dios y entre nosotros. Y así, en la Cena de Acción de Gracias que es el Sacrificio de la Misa, damos gracias a Dios por el don de nuestra salvación, el don de la fe, el don de saber que somos amados por un Dios misericordioso y compasivo.

Dios, por supuesto, no necesita nuestra alabanza, pero nuestro deseo de agradecerle es en sí mismo su regalo para nosotros. Y, aunque nuestras oraciones de acción de gracias no añaden nada a la grandeza de Dios, sí nos hacen crecer en gracia.

¡Un Feliz y saludable Día de Acción de Gracias para todos!