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‘Acostado en un pesebre, se convirtió en nuestro alimento’

26 de diciembre de 2023

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de diciembre 2023 de La Voz Católica.

Este año se cumple el 800 aniversario de la primera Natividad viviente, creada por San Francisco de Asís en una pequeña aldea llamada Greccio, a unas 60 millas de Roma. En 1223, el Papa acababa de aprobar su orden religiosa, y Francisco acababa de regresar de una peregrinación a Tierra Santa. Las cuevas de Greccio le recordaban las de Belén y quería “hacer revivir el recuerdo de aquel niño nacido en Belén, ver lo más posible con mis propios ojos la incomodidad de sus necesidades infantiles, cómo yacía en un pesebre, y cómo, con un buey y un asno a su lado, lo acostaron sobre un lecho de heno”.

La portada de la edición de diciembre de 2023 del Florida Catholic presenta un tríptico de los Reyes Magos encima de una mesa, con inserciones que muestran un belén. Fue fotografiada por Jim Davis para un artículo sobre las obras de arte de la parroquia que se publicó en diciembre de 2022.
Y así, durante ocho siglos, siguiendo su iniciativa, en miles de iglesias, desde las grandes basílicas hasta las humildes capillas rurales, un pesebre realza la decoración litúrgica habitual. Incluso muchos de nuestros hermanos protestantes, que normalmente tienden a ser iconoclastas, tienen con orgullo en sus lugares de culto un pesebre, lo que se originó con ese santo católico, Francisco de Asís.

Si bien el pesebre, o belén, ha sido ampliamente desterrado o marginado de la exhibición pública (ya sea en los parques de nuestras ciudades o incluso en la propiedad privada de nuestros centros comerciales), sigue siendo el «ícono» más importante de la Navidad, que habla a través de las edades y a través de las culturas, y que nos habla de “buenas nuevas”.

Dicen que una imagen habla más que mil palabras. Y en el arte de la Iglesia, los íconos se pintan de manera que transmitan la Palabra de Dios a través de los signos y símbolos representados mediante el talento del artista. Estos belenes —no importa cuán elaborados o simples sean— son un Evangelio vivo que surge de las páginas de las Escrituras, invitando a nuestra contemplación y guiando a quienes los vemos con los ojos de la fe, a una oración llena de asombro. Esta descripción del nacimiento de Jesús en la pobreza de Belén es en sí misma un anuncio sencillo pero gozoso de la Encarnación del Hijo de Dios, que se hace hombre para encontrarse con todo hombre y mujer. Su amor por nosotros es tan grande que se convierte en uno de nosotros, para que nosotros, a su vez, podamos llegar a ser uno con Él.

Belén era la ciudad de David, y por eso, cuando se emitió el decreto para el censo, José de Nazaret, siendo de la tribu de Judá y descendiente de David, tuvo que viajar a su propia ciudad, a Belén, con su esposa embarazada para inscribirse.

Si bien Belén está al borde del desierto de Judea, probablemente era una tierra fértil donde los pastores apacentaban sus rebaños de ovejas. Y el nombre Belén —o Beit Lehem en hebreo—, que significa Casa del Pan, sugiere que los campos tal vez estaban plantados con trigo y cebada. De modo que incluso el nombre, Belén, indica la razón por la que nació Cristo.

Al venir a este mundo, el Hijo de Dios fue acunado en el sitio donde se alimentan los animales. El heno se convirtió en el primer lecho de Aquel que se revelaría como “el pan bajado del cielo” (Jn 6,41). San Agustín, como otros Padres de la Iglesia, quedó impresionado por este simbolismo: “Acostado en un pesebre, se convirtió en nuestro alimento” (Sermón 189, 4). De hecho, el belén evoca algunos de los misterios de la vida de Jesús y los acerca a nuestra vida cotidiana.

En Greccio, hace 800 años, Francisco pidió a un sacerdote que celebrara una Misa solemne sobre el pesebre que había construido, mostrando así el vínculo entre la Encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía. Porque Cristo se hizo hombre para ser uno con nosotros, y para que nosotros podamos llegar a ser uno con Él a través de nuestra comunión con Su Cuerpo y Sangre. Cristo nació para morir un día, para que nosotros no muramos para siempre a causa de nuestros pecados.

Durante el Adviento recordamos que Cristo vino en la historia y que vendrá, majestuoso, al final de los tiempos. Pero el Adviento también nos recuerda que Cristo viene hoy en Palabra y Sacramento. A través de nuestra digna recepción de la Sagrada Comunión, y de nuestra participación en el Sacrificio de la Misa —la representación de la entrega de Cristo a nosotros en el Calvario— llegamos a “participar de la divinidad de Cristo, que se humilló para compartir nuestra humanidad.»

¡Alegría para el mundo! ¡El Señor ha venido!

 

Fuente: ADOM :: ‘Laid in a manger, he became our food’ (miamiarch.org)