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Un año después: Encomendémonos al Señor

19 de marzo de 2021

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de La Voz Católica de marzo 2021.

Este mes se cumple un año desde que la pandemia trastornó nuestras vidas de forma dramática, dando paso a un inmenso sufrimiento para demasiadas personas. El año pasado, en los primeros días de la pandemia, el Papa Francisco presidió un momento extraordinario de oración en el que reflexionó sobre los apóstoles y sus miedos cuando una tempestad les sorprendió en una barca mientras Jesús dormía. (cf. Marcos 4)

«La tormenta», escribió al describir esta pandemia mundial, «desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad».

Esperamos haber aprendido que no somos tan poderosos ni tenemos el control de nuestras vidas como a veces pretendemos. Pero, al mismo tiempo, también hemos aprendido que todos estamos «en la misma barca». Como dijeron los obispos de los EE.UU. en su declaración de este mes por el primer aniversario de la pandemia: «En lugar de avergonzarnos de esta incapacidad o de sentirnos aplastados por el miedo a lo que no podemos controlar, se ha revelado nuestra interconexión y dependencia de Dios».

Este último año nos ha puesto a prueba duramente: Nos enfrentamos a la enfermedad, propia o de nuestros seres queridos; lloramos la muerte de familiares y amigos; sufrimos la ansiedad de la incertidumbre económica y experimentamos la soledad al vernos obligados a «permanecer separados»; y nos preocupamos al ver que los disturbios raciales y las disputas partidistas amenazan la tranquilidad interna de la vida de nuestra nación. Sin embargo, hemos demostrado ser resistentes, porque el Señor no nos deja a merced de la tormenta.

Y, ciertamente, los numerosos actos de bondad del prójimo hacia el prójimo, la valentía desinteresada de los trabajadores de primera línea, la dedicación silenciosa de nuestros profesores, el acompañamiento constante de nuestros sacerdotes —incluso cuando la participación pública en la Eucaristía no era posible— fueron rayos de esperanza que disipaban la oscuridad de la desesperación.

Una vez más, como escribió el Papa: «Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos».

El desarrollo de las vacunas «a velocidad de vértigo» supuso el comienzo del fin de esta pandemia mundial. Pero las vacunas deben estar disponibles de forma universal, para que ninguna persona o nación se quede atrás. Y todo el que pueda debería vacunarse, incluso las personas que no tienen mucho que temer de la infección —si no son de alto riesgo y si están sanas, o si su demografía es tal que pueden esperar recuperarse con facilidad. El hecho de que se vacunen será un beneficio para otras personas de su entorno, porque al estar vacunados no serán responsables de que otros se contagien con el virus.

A lo largo de los años, varios tipos de vacunas han protegido a la humanidad de diversas enfermedades; las vacunas contra el COVID-19 son muy prometedoras y, como asegura la Congregación para la Doctrina de la Fe, «pueden utilizarse todas las vacunas reconocidas como clínicamente seguras y eficaces con conciencia cierta».

Esperamos que llegue el día en que todos podamos volver a reunirnos en iglesias llenas para celebrar la Misa y se pueda reanudar la vida normal de nuestras parroquias.

«¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?» Este fue el reproche de Jesús a los apóstoles cuando le despertaron en medio de la tormenta. Mientras buscamos llegar al otro lado de esta pandemia, encomendémonos al Señor.

De nuevo, para citar al Papa Francisco: «En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza: esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza».