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Somos el pueblo de la Pascua: Aleluya es nuestra canción

24 de abril de 2020

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de abril 2020 de La Voz Católica

Durante esta temporada de Pascua celebramos, unidos a la Iglesia universal, el domingo en que Cristo venció a la muerte, la luz a las tinieblas, la gracia al pecado.

Sabemos por experiencia que nuestra fe en la resurrección no nos exime de pruebas o sufrimientos. Durante esta Cuaresma hemos vivido en nuestra propia carne la prueba de un virus que si no nos infectó, nos afectó a todos. A pesar de que esta pandemia todavía nos ha de preocupar, nuestra fe en la resurrección nos da la fortaleza para confiar siempre en el Señor, caminar tras sus huellas y llevar esta misma esperanza a tantos corazones afligidos. Y no solamente con nuestras palabras, sino, y sobre todo, con el elocuente testimonio de nuestras acciones y gestos de amor: mostrando con nuestra compasión y misericordia a quienes nos rodean, que Jesús resucitado vive en nuestros corazones y es parte esencial de nuestras vidas.

Es esta proclamación el centro de nuestra esperanza cristiana. Como nos recuerda San Pablo: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (I Corintios 15, 17). Y si no hubiera resucitado, sus enseñanzas hubieran quedado en nada y sus promesas sin cumplir. Pero el Señor está vivo, camina a nuestro lado, y nos recuerda a través de la liturgia de hoy en día que el dolor y la muerte no tienen para nosotros la última palabra. Es por eso por lo que hoy en día debemos alegrarnos, y llenos de júbilo cantar con el salmista: “Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo 118, 24).

Hermanos y hermanas: la realidad de la cruz estará siempre presente en el mundo y en nuestras propias vidas, pero no olvidemos que no hay gloria sin cruz, ni victoria sin sacrificios.

Por eso, hoy debemos alegrarnos y celebrar que la muerte ha sido derrotada y que ninguna tumba puede encerrarnos para siempre; ni la tumba de la desesperación, el desánimo, la falta de fe, o la depresión. Aprendamos del apóstol Pedro, quien, confiando en el amor de Jesús, y a pesar de haberle negado, supo correr hasta la tumba vacía y nunca más pudo callar la Verdad, ni dejar de anunciarla hasta las últimas consecuencias.

Animados por esta esperanza y contagiados con la alegría compartida, vivamos desde ya como personas resucitadas; hombres y mujeres nuevos que saben descubrir, en medio de las tinieblas del mundo y las del propio corazón, esa luz sin ocaso que vence toda oscuridad: Jesucristo, que es Señor de la historia y es Señor de nuestras propias vidas.

En los tiempos de incertidumbre en los que vivió, San Agustín de Hipona predicó que “somos el pueblo de la Pascua: Aleluya es nuestra canción”. Y añadió: “Cantemos aquí y ahora en esta vida, aunque estemos oprimidos por varias preocupaciones, para que podamos cantarla un día en el mundo venidero, cuando seamos liberados de toda ansiedad”.

Por eso repetimos: Este es el día que ha hecho el Señor; gocemos y alegrémonos. Somos el pueblo de la Pascua: Aleluya es nuestra canción.