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Oremos por un nuevo Pentecostés

20 de mayo de 2021

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de mayo de 2021 de La Voz Católica.

El domingo 23 de mayo, celebramos Pentecostés, el día en que Jesús, como lo había prometido, envió al Espíritu Santo sobre los discípulos que se reunían en oración en el Cenáculo, junto con María, su madre. Mientras conmemoramos ese primer Pentecostés, oramos por un nuevo Pentecostés en nuestro mundo y en nuestra Iglesia de hoy. Oramos para que el Espíritu y sus dones curen en el mundo las divisiones que aún nos acosan como raza humana, divisiones que engendran la guerra y las luchas. Rogamos también que el Espíritu y sus dones sanen a la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, cuya unidad se rompe por el cisma y por el pecado.

En Pentecostés, podríamos decir que la Iglesia naciente respiró por primera vez, y cobró vida en el Espíritu. Y así, Pentecostés puede ser considerado con razón como el “cumpleaños” de la Iglesia; puesto que ella nació de la sangre y el agua que fluyeron del costado perforado de Jesús el Viernes Santo, en Pentecostés recibe su “bautismo”, un bautismo que confiere a la Iglesia una misión, y el poder de llevar a cabo esta misión en el mundo. Esta misión es, sencillamente, comunicarle al mundo la buena noticia sobre Jesucristo, quien a través de su Pasión, su Muerte y su Resurrección, nos reconcilian con Dios por medio del perdón de los pecados.

En el bautismo, somos incorporados al cuerpo de Cristo; en otras palabras, nos convertimos en miembros de su cuerpo. Se nos da el Espíritu para que podamos ser miembros de su cuerpo, porque es solo en la medida en que estemos vivos en Cristo —es solo en ese grado—, en la que podemos dar testimonio de Él tanto en la Iglesia como en el mundo.

En el primer Pentecostés, Pedro y los apóstoles predicaron a Jesucristo crucificado y resucitado de entre los muertos. Y la multitud reunida, pero lingüísticamente diversa, escuchó la prédica de los apóstoles en la lengua nativa de cada uno de los presentes. Este “don de lenguas”, o “glosolalia”, está en marcado contraste con la “confusión de lenguas” que ocurrió cuando, en Babel, Dios dispersó a quienes buscaban construir una ciudad sin Dios. (cf. Génesis 11: 1-9)

En muchos sentidos, todavía vemos a nuestro alrededor la confusión de Babel: el orgullo y el egoísmo humanos siempre crean divisiones; construyen muros de indiferencia, odio y violencia. Pero Babel ha sido derrotada por Pentecostés, la confusión de las lenguas por el nuevo idioma que el Espíritu le da a la Iglesia de Jesús para que hable: el lenguaje del amor.

El Espíritu Santo, como decimos en el Credo todos los domingos, “procede del Padre y del Hijo”. Él es también Dios verdadero de Dios verdadero. Él es el espíritu de amor entre el Padre y el Hijo, y es el Espíritu Santo quien nos lleva a ese amor, ya que, como afirma San Pablo: “Nadie puede decir: ‘¡Jesús es el Señor!’, si no es por el Espíritu Santo” (1 Corintios 12:3). El espíritu nos infunde la inspiración y el poder de Jesús para que podamos tener el coraje de seguir sus pasos.

Así como el Espíritu colmó de fuego a los apóstoles, en el primer Pentecostés, para proclamar audazmente a Cristo crucificado y resucitado de entre los muertos ante la gente de su época, así también pedimos al Espíritu que nos fortalezca para volver a proponer hoy, en una Nueva Evangelización, la buena nueva de Jesucristo, que es “el mismo, ayer, hoy y siempre”.

El único idioma de la Iglesia —el lenguaje que el Espíritu Santo le enseña—, es el lenguaje de la caridad o amor. Este amor une, reconcilia y reúne a los pueblos del mundo en un “nosotros” siempre más amplio, superando todas las divisiones y exclusiones. Si la caridad o amor es el idioma de la Iglesia, la gramática de este lenguaje es la misericordia. Hablamos bien un idioma cuando dominamos su gramática. Amaremos bien cuando aprendamos la misericordia y la practiquemos a través de las obras de misericordia espirituales y corporales.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu. Que renueve la faz de la tierra.